Hoy, mientras manejaba rumbo al trabajo, me encontré con el desfile de un circo que acaba de llegar a Culiacán. Trae montones de animales, de diversos tipos: panteras, tigres, jaguares, osos, monos, elefantes, camellos, entre los que recuerdo. Cuando llegué a la oficina, les comenté a mis compañeros como sentí miedo de ver a tremendo elefantote a tres metros de mi auto, solo amarrado con una pequeña cadenita, que, a la menor provocación podía arrancar y lanzarse contra lo que se le pusiera enfrente. Paul me dijo: nunca se soltaría de esa cadenita, y luego me leyó esto para explicarme. (El texto habla de como los elefantes de circo son amarrados con una pequeña cadena a una pequeña estaca enterrada en el suelo. El elefante aprende, a partir de su frustración, que jamás podrá soltarse de la cadena y jamás vuelve a intentarlo -ojo, esto es un resumen, es mejor leerlo completo).
Entonces me puse a pensar en cuantas veces nuestros padres (y ahora nosotros como padres) hemos colocado estacas y cadenas a nuestros hijos, sin pensar en las consecuencias que pueden traerles en su futuro. No voy a hablar de mis traumas de la infancia, porque no es el caso, pero si, por ejemplo, me vienen de inmediato a la mente las múltiples ocasiones que he evitado que Stefi haga algo que yo considero peligroso -subir las escaleras, por ejemplo-, diciéndole NO PUEDES. Por supuesto que, trato de evitar la frase, porque estoy consciente de que si le digo NO PUEDES, en efecto, no va a poder, pero el instinto sobreprotector a veces me gana. La anécdota con el elefante, estoy segura, me va a ayudar a evitarlo más seguido.
La foto es porque, para mi, fue un logro animarme a comprarle unos bloques, ya que mi mentecita piensa que esas son "cosas de niños, no de niñas" (eso si, fueron colores pastel, "de niña").
